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sábado, 25 de julio de 2026

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO DISEÑA SOLA: EL CRITERIO SIGUE SIENDO HUMANO

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO DISEÑA SOLA: EL CRITERIO SIGUE SIENDO HUMANO

 

Una reflexión sobre el uso responsable de la IA en el taller arquitectónico y la formación crítica de los futuros arquitectos.

 


Enrique Adolfo Simmonds Barrios

Arquitecto. Magíster en Informática Educativa

Facultad de Arquitectura e Ingeniería Industrial

Docente de la Institución Universitaria de Colombia

Bogotá, julio de 2026.


 

LA IA YA ENTRÓ AL TALLER DE ARQUITECTURA

La inteligencia artificial ya está presente en el taller de arquitectura. No llegó como una asignatura nueva, ni como un contenido formalmente incorporado al plan de estudios, ni como una tecnología que esperó pacientemente a que los docentes resolviéramos todas nuestras dudas. Llegó de manera silenciosa, rápida y cotidiana: en las consultas de los estudiantes, en las imágenes generadas, en las ideas iniciales de proyecto, en los textos de justificación y en esas respuestas que, por su aparente claridad, pueden parecer suficientemente buenas como para dejar de pensar.

 




Por eso, la pregunta importante ya no es si los estudiantes van a usar inteligencia artificial. En muchos casos, ya la están usando. La pregunta más profunda es otra: ¿qué parte del diseño arquitectónico puede ser apoyada por una herramienta y qué parte debe permanecer bajo el juicio consciente del estudiante?

 

Desde mi experiencia docente, el problema no está en que un estudiante consulte ChatGPT, Gemini o una plataforma de generación de imágenes. El verdadero problema aparece cuando una respuesta rápida se acepta como si fuera una decisión proyectual. Una cosa es recibir una sugerencia; otra muy distinta es renunciar a la reflexión.

 

Schön (1992) recuerda que la formación profesional se fortalece cuando quien aprende actúa, observa lo que ocurre, reflexiona sobre sus decisiones y vuelve a reformular. En arquitectura, este proceso es fundamental. El estudiante no aprende únicamente cuando entrega una lámina final; aprende cuando duda, corrige, compara, escucha una crítica, reformula una idea y comprende por qué una decisión funciona o por qué debe ser descartada.

 

En este sentido, si la inteligencia artificial se utiliza para enriquecer ese proceso, puede convertirse en una herramienta valiosa. Pero si se usa para evitarlo, el taller pierde una parte esencial de su sentido formativo.

 


DISEÑAR NO ES SOLO GENERAR IMÁGENES

Diseñar no equivale a producir una imagen atractiva. Tampoco consiste únicamente en encontrar una forma llamativa en pocos minutos. La arquitectura no se reduce al impacto visual de una lámina, a la seducción de un render o a la rapidez con la que una plataforma puede generar varias alternativas formales.

 




Diseñar implica leer un lugar, comprender a unos usuarios, reconocer condiciones ambientales, interpretar restricciones técnicas, establecer prioridades, explorar alternativas y justificar decisiones. Un proyecto arquitectónico no nace solamente de una imagen; nace de una relación compleja entre contexto, necesidad, técnica, cultura, espacio y responsabilidad social.

 

Cross (2005) explica que el pensamiento de diseño articula exploración, restricciones, alternativas y evaluación. Esta idea resulta especialmente pertinente en tiempos de inteligencia artificial, porque muchas herramientas pueden producir opciones visuales con gran velocidad, pero no necesariamente comprenden el problema arquitectónico que está detrás de esas opciones.

 

Por esta razón, la inteligencia artificial puede ampliar el campo de exploración, pero no debe confundirse con el proceso completo de diseño. Salazar González, Alonso Rivera y Campos Delgado (2024) muestran que los algoritmos pueden apoyar la exploración formal dentro de experiencias de enseñanza-aprendizaje en diseño arquitectónico, siempre que hagan parte de una estrategia pedagógica clara y no de una simple delegación automática del problema.

 

La diferencia parece pequeña, pero es decisiva: ampliar posibilidades no significa entregar el criterio. La herramienta puede sugerir caminos; el estudiante sigue siendo quien debe preguntarse cuál de ellos tiene sentido, cuál responde al lugar, cuál atiende mejor las condiciones del proyecto y cuál puede ser defendido con argumentos.

 


EL ESTUDIANTE DEBE APRENDER A DECIDIR

En el taller arquitectónico, uno de los aprendizajes más importantes no es producir muchas opciones, sino aprender a decidir entre ellas. Esta capacidad no aparece de manera inmediata. Se construye lentamente, a través de ejercicios, errores, conversaciones, correcciones y momentos de confrontación entre lo que el estudiante imaginó y lo que el proyecto realmente exige.

 




La inteligencia artificial puede entregar diez alternativas en pocos segundos. Sin embargo, tener diez alternativas no significa comprender mejor el problema. A veces puede ocurrir lo contrario: la abundancia visual puede convertirse en ruido si el estudiante todavía no posee criterios claros para seleccionar, transformar o rechazar lo que recibe.

 

Villalobos, King y Valassina (2024) señalan que el uso de IA en experiencias educativas de arquitectura depende de factores como el prompt, la iteración y la validación tradicional. Esto permite reconocer que la herramienta no produce conocimiento por sí sola. Su valor depende de la calidad de la pregunta, del proceso de revisión y de la capacidad humana para evaluar los resultados.

 

En esta misma línea, Osorio Salazar (2025) plantea la idea de cocreación proyectual entre inteligencia artificial y arquitectura. Esta perspectiva resulta valiosa porque no ubica a la IA como autora absoluta ni al estudiante como simple ejecutor. Más bien, propone una relación en la que la herramienta participa en la generación de alternativas, mientras el ser humano conserva la dirección crítica del proceso.

 

Esto es especialmente importante en los primeros semestres de formación. Un estudiante de arquitectura que apenas está consolidando su manera de mirar, representar y argumentar puede sentirse fascinado por una imagen generada con rapidez. Pero el taller debe ayudarle a ir más allá de esa fascinación inicial. La pregunta no puede ser solamente: “¿se ve bien?”. La pregunta debe ser: “¿qué problema resuelve?, ¿por qué esta alternativa es pertinente?, ¿qué condiciones del lugar reconoce?, ¿qué decisiones técnicas y espaciales la sostienen?”.

 


LA IMAGEN GENERADA TAMBIÉN DEBE SER INTERROGADA

Una imagen producida con inteligencia artificial puede resultar convincente. Puede mostrar vegetación abundante, personas caminando, luz cálida, espacios amplios, texturas cuidadas y una atmósfera aparentemente habitable. Sin embargo, una imagen atractiva no garantiza un proyecto arquitectónico responsable.

 




Un espacio público generado por IA puede verse amable, contemporáneo y lleno de vida, pero no responder a pendientes reales, accesibilidad universal, drenaje, seguridad, escala urbana, materialidad, mantenimiento, normativa o condiciones concretas de una ciudad como Bogotá. La imagen puede mostrar un futuro terminado; el proyecto exige explicar cómo se llega a él.

 

Martínez Osorio y Castellanos-Tuirán (2023) advierten que la inteligencia artificial aplicada a la arquitectura, el urbanismo y el diseño debe analizarse considerando sus posibilidades creativas, pero también sus limitaciones. Entre ellas se encuentran los problemas de contexto, sesgo, control humano y pertinencia de los resultados generados.

 

Por ello, el taller no debería limitarse a aceptar o rechazar imágenes generadas por IA. Debería enseñar a interrogarlas. Cada imagen puede convertirse en una oportunidad para preguntar: ¿qué información utilizó la herramienta?, ¿qué condiciones omitió?, ¿qué decisiones exageró?, ¿qué elementos son poco viables?, ¿qué aspectos deben verificarse antes de incorporar esa representación al proyecto?

 

En consecuencia, la imagen deja de ser un objeto de admiración inmediata y se convierte en material de análisis. No se trata de prohibirla, sino de leerla críticamente. En arquitectura, mirar también significa evaluar.

 


EL DOCENTE NO DEBE LIMITARSE A VIGILAR

Frente a la inteligencia artificial, el papel del docente no puede reducirse a vigilar si el estudiante usó o no usó una herramienta. Esa mirada termina convirtiendo la tecnología en una amenaza externa y el aula en un espacio de sospecha permanente.

 




El desafío pedagógico es más profundo: convertir el uso de la IA en una oportunidad para hacer visible el razonamiento. No basta con preguntar si el estudiante utilizó inteligencia artificial. Es necesario preguntar cómo la utilizó, para qué la utilizó, qué decisiones tomó después de recibir una respuesta y qué elementos decidió conservar, modificar o rechazar.

 

La UNESCO (2024) plantea que el uso de IA generativa en educación debe acompañarse de supervisión humana, transparencia, criterios éticos y fortalecimiento de capacidades críticas. Esta orientación resulta pertinente para el taller arquitectónico, porque permite desplazar la discusión desde la simple prohibición hacia la formación de un uso responsable.

 

En términos prácticos, esto puede traducirse en acciones sencillas: solicitar el registro de prompts relevantes, pedir al estudiante que explique qué respuestas descartó, comparar los resultados con fuentes confiables, revisar versiones intermedias, justificar modificaciones y mostrar cómo la herramienta influyó —o no— en las decisiones proyectuales.

 

De esta manera, la inteligencia artificial deja de operar como una caja negra y comienza a formar parte de una bitácora de proceso. El interés pedagógico ya no se concentra solamente en el producto final, sino en la calidad de las decisiones que hicieron posible ese resultado.

 


USAR IA NO DEBERÍA SIGNIFICAR DEJAR DE PENSAR

El problema no es usar inteligencia artificial. El problema es usarla sin criterio. En arquitectura, esta diferencia es fundamental.

 




Un estudiante puede apoyarse en IA para organizar ideas, explorar referentes, formular preguntas iniciales, comparar alternativas o revisar la claridad de una explicación. Estos usos pueden enriquecer el aprendizaje si están acompañados por reflexión, verificación y responsabilidad.

 

Sin embargo, también puede ocurrir lo contrario. La herramienta puede convertirse en un atajo cuando reemplaza la observación del lugar, la lectura del contexto, la comprensión del usuario o la argumentación del proyecto. En ese caso, la IA no fortalece el aprendizaje; lo debilita.

 

Por consiguiente, el taller debe enseñar a formular mejores preguntas. No se trata solamente de pedirle a una plataforma que genere “un proyecto moderno”, “un espacio sostenible” o “una propuesta innovadora”. Se trata de aprender a preguntar con intención arquitectónica: ¿cómo puede responder este espacio a las condiciones climáticas del lugar?, ¿qué relación establece con el usuario?, ¿qué conflictos urbanos debe considerar?, ¿qué decisiones técnicas hacen viable esta propuesta?

 

En este punto, la alfabetización digital no puede limitarse al manejo de herramientas. Debe incluir ética, criterio, verificación, autoría y capacidad de argumentación. La inteligencia artificial puede apoyar el proceso, pero no debe sustituir la responsabilidad intelectual del estudiante.

 


AUTORÍA, ÉTICA Y RESPONSABILIDAD EN EL PROYECTO

La llegada de la inteligencia artificial también obliga a conversar sobre autoría. ¿De quién es una imagen generada a partir de un prompt? ¿Qué debe declarar el estudiante cuando una herramienta participó en la construcción de una idea? ¿Hasta qué punto una propuesta sigue siendo propia si quien la presenta no puede explicar sus decisiones principales?

 




Soltero-Leal (2025) señala que la relación entre inteligencia artificial, arte, diseño y educación está atravesada por preguntas sobre innovación, regulación y desafíos éticos. Estas preguntas no pueden quedar por fuera del taller. Si la arquitectura forma profesionales que intervienen la ciudad, el territorio y la vida cotidiana de las personas, entonces la discusión ética no es un complemento: es parte del núcleo de la formación.

 

Un estudiante que usa IA de manera responsable no es quien evita toda ayuda automática. Tampoco es quien acepta todo lo que la herramienta entrega. Es quien sabe cuándo pedir apoyo, cómo formular una solicitud, cómo evaluar los resultados, cómo reconocer límites y por qué rechazar una propuesta cuando contradice el sentido del proyecto.

 

En arquitectura, la responsabilidad no desaparece porque una imagen haya sido generada por un sistema. La decisión de usarla, ajustarla, defenderla o descartarla sigue siendo humana.

 


UNA TECNOLOGÍA RÁPIDA PARA UNA FORMACIÓN QUE SIGUE SIENDO LENTA

La inteligencia artificial puede acelerar algunas tareas. Puede sugerir caminos, organizar información, producir imágenes iniciales, ayudar a comparar alternativas y abrir preguntas que el estudiante no había considerado. Todo eso puede ser valioso si se integra con intención pedagógica.

 




Pero formar criterio arquitectónico sigue siendo un proceso lento. Se aprende a diseñar mirando con atención, escuchando críticas, equivocándose, volviendo sobre una idea, comprendiendo el lugar, estudiando referentes, representando con claridad y defendiendo decisiones frente a otros.

 

Ninguna herramienta sustituye esa experiencia formativa. La IA puede producir una imagen en segundos, pero no puede vivir por el estudiante el proceso de comprender por qué esa imagen tiene sentido o por qué debe ser descartada.

 

Por ello, el verdadero desafío no consiste en expulsar la inteligencia artificial del taller, sino en impedir que reemplace aquello que hace valiosa la formación arquitectónica: la construcción de criterio. La tecnología puede acompañar, pero no debe empobrecer el pensamiento. Puede ampliar posibilidades, pero no debe cancelar la pregunta. Puede generar imágenes, pero no debe sustituir la responsabilidad de proyectar.

 


A MODO DE CIERRE…

Formar arquitectos en tiempos de inteligencia artificial exige defender algo más profundo que la destreza tecnológica. Exige formar estudiantes capaces de asumir una posición frente a lo generado.

 




La herramienta puede acelerar, sugerir y representar. Pero el criterio arquitectónico se forma lentamente, mediante errores, conversaciones, lecturas, observaciones y decisiones argumentadas. Esa formación sigue siendo, y debe seguir siendo, profundamente humana.

 

La pregunta final, entonces, no es solamente si la inteligencia artificial puede ayudar a diseñar. La pregunta más importante es si estamos formando estudiantes capaces de pensar críticamente aquello que la inteligencia artificial les ayuda a producir.

 


REFERENCIAS

Cross, N. (2005). Métodos de diseño: estrategias para el diseño de productos. Limusa-Wiley.

Martínez Osorio, P. A., & Castellanos-Tuirán, A. (2023). Inteligencia artificial en arquitectura, urbanismo y diseño: Abriendo nuevas fronteras creativas. Procesos Urbanos, 10(1), e617. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9821836

Osorio Salazar, L. E. (2025). Cocreación proyectual entre inteligencia artificial y arquitectura. Temas de Arquitectura, 15(1), 124–138. https://dayajournal.uazuay.edu.ec/index.php/daya/article/view/852

Salazar González, G., Alonso Rivera, R., & Campos Delgado, D. (2024). Enseñanza-aprendizaje en el diseño arquitectónico: Explorando la forma con algoritmos de búsqueda. DAYA. Diseño, Arte y Arquitectura, (17), 19–37. https://revistas.uazuay.edu.ec/flip/daya/17/daya_17_01.pdf

Schön, D. A. (1992). La formación de profesionales reflexivos: Hacia un nuevo diseño de la enseñanza y el aprendizaje en las profesiones. Paidós. https://books.google.com.co/books/about/La_formaci%C3%B3n_de_profesionales_reflexivo.html?id=KCA8PwAACAAJ&redir_esc=y

Soltero-Leal, S. (2025). La inteligencia artificial en arte, diseño y educación: Innovación, regulación y desafíos éticos. (Pensamiento), (Palabra)… Y Obra, (34), e22852. http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&pid=S2011-804X2025000200010&lng=en&nrm=iso&tlng=es

UNESCO. (2024). Guía para el uso de IA generativa en educación e investigación. Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. https://www.unesco.org/es/articles/guia-para-el-uso-de-ia-generativa-en-educacion-e-investigacion

Villalobos, R., King, C., & Valassina, F. (2024). El papel de la IA en los procesos educativos en arquitectura, estudio de casos y consideraciones éticas. Arteoficio, (19/20), 26–31. https://revistas.usach.cl/ojs/index.php/arteoficio/article/view/6955 

martes, 5 de mayo de 2026

ENSEÑAR A PENSAR: ESTRATEGIAS PEDAGÓGICAS PARA FORTALECER EL PENSAMIENTO CRÍTICO EN ARQUITECTURA

ENSEÑAR A PENSAR: ESTRATEGIAS PEDAGÓGICAS PARA FORTALECER EL PENSAMIENTO CRÍTICO EN ARQUITECTURA

 

Enrique Adolfo Simmonds Barrios

Arquitecto. Magíster en Informática Educativa

Docente universitario

Bogotá, mayo de 2026

 

 

Cuando un estudiante de primer módulo entra por primera vez a un curso relacionado con Historia de la Arquitectura, suele llegar con una expectativa bastante común: aprender fechas, nombres, estilos, obras y autores. En cierta forma, espera recibir una secuencia ordenada de datos que le permita reconocer edificios importantes y ubicarlos dentro de una línea temporal.

 

Sin embargo, la historia puede ser mucho más que un archivo de información. En la formación del arquitecto, puede convertirse en una herramienta para aprender a mirar. No se trata únicamente de saber cuándo se construyó una obra o a qué estilo pertenece, sino de preguntarse por qué fue construida de determinada manera, qué necesidades respondió, qué tensiones culturales revela y qué relación establece con la sociedad que la produjo.

 

Por esta razón, enseñar Historia de la Arquitectura en los primeros módulos de formación implica un desafío pedagógico importante. No basta con transmitir contenidos de un programa académico. Es necesario cultivar una forma de pensamiento que ayude al estudiante a observar el entorno construido con criterio, sensibilidad y profundidad. En el marco del curso de Introducción a la Arquitectura, esa fue precisamente la intención que orientó las estrategias didácticas desarrolladas durante el módulo.

 

Imagen generada con IA.

 

 

De memorizar datos a aprender a mirar

En primer lugar, fue necesario tomar distancia de la clase expositiva como formato dominante. Esto no significa negar el valor de la explicación del docente, ni desconocer que hay momentos en los que la exposición resulta necesaria. Más bien, implica reconocer que una enseñanza centrada exclusivamente en la transmisión de información puede llevar al estudiante a repetir conceptos sin comprenderlos realmente.

 

Así, en lugar de presentar estilos, autores y periodizaciones únicamente para ser memorizados, las sesiones se organizaron alrededor de preguntas orientadoras: ¿por qué este espacio funciona de esta manera?, ¿qué problema arquitectónico resuelve?, ¿qué relación tiene con su contexto?, ¿qué tensiones sociales, técnicas o culturales se hacen visibles en su forma?

 

En este sentido, la pregunta se convirtió en una estrategia pedagógica central. Preguntar no era una pausa dentro de la clase, sino el punto de partida para construir pensamiento. Cuando el estudiante se enfrenta a una pregunta bien formulada, deja de ser un receptor pasivo de información y comienza a establecer relaciones, formular hipótesis, contrastar ideas y justificar sus interpretaciones.

 

Biggs y Tang (2011) señalan que el aprendizaje profundo ocurre cuando los estudiantes son capaces de relacionar lo aprendido y transferirlo a situaciones nuevas. Desde esta perspectiva, diseñar preguntas orientadoras fue también una decisión curricular: permitía que los estudiantes no solo recordaran información, sino que aprendieran a usarla para interpretar la arquitectura.

 

Con el paso de las sesiones, estas preguntas dejaron de ser únicamente una guía propuesta por el docente. Poco a poco comenzaron a aparecer en las intervenciones orales de los estudiantes, en sus análisis escritos y en la manera como observaban los referentes arquitectónicos. Ese desplazamiento, aunque parezca pequeño, resulta significativo: indica que el estudiante empieza a pensar con mayor autonomía.

 

Imagen generada con IA.

 

 

El debate como ejercicio de argumentación

Además de las preguntas orientadoras, los debates guiados ocuparon un lugar importante en el proceso. Su propósito no era alcanzar consensos rápidos ni determinar quién tenía la razón. El valor del debate estaba en el ejercicio mismo de argumentar: sostener una postura, encontrar evidencias, anticipar objeciones, escuchar al otro y revisar las propias ideas.

 

En muchas ocasiones, fue necesario insistir en una idea sencilla, pero fundamental: en el análisis arquitectónico no siempre hay respuestas correctas o incorrectas de manera absoluta; hay respuestas mejor o peor argumentadas. Esta afirmación ayudó a desplazar la preocupación del estudiante por “adivinar” lo que el docente esperaba escuchar, y lo llevó a concentrarse en la calidad de sus razones.

 

Por consiguiente, el aula comenzó a funcionar como un espacio de ensayo intelectual. Los estudiantes podían arriesgar interpretaciones, contrastarlas con sus compañeros y fortalecerlas mediante evidencias. Esta dinámica permitió que algunos pasaran de repetir lo dicho por el docente a construir comentarios más propios, más situados y más conscientes de la complejidad del hecho arquitectónico.

 

Freire (2005) recuerda que el diálogo es una condición fundamental para el aprendizaje crítico, porque es en el intercambio donde el pensamiento se confronta, se afina y se transforma. En esa línea, el debate no fue entendido como una actividad complementaria, sino como una práctica formativa para aprender a pensar con otros.

 

Imagen generada con IA.

 

 

Analizar arquitectura desde objetos concretos

No obstante, para que el debate no se quedara en opiniones generales, fue necesario trabajar sobre objetos arquitectónicos concretos y observables. En lo posible, se usaron referentes conocidos por los estudiantes o ejemplos que pudieran relacionarse con su experiencia cotidiana de ciudad, vivienda, universidad o espacio público.

 

Esta decisión fue importante porque el pensamiento crítico no se desarrolla en el vacío. Se fortalece cuando el estudiante aprende a mirar un caso, describirlo con precisión, identificar relaciones, formular preguntas y construir una interpretación razonada. En arquitectura, esa mirada debe ser espacial, histórica, técnica, social y cultural al mismo tiempo.

 

Por ello, cada obra analizada se convirtió en una oportunidad para ampliar la comprensión del estudiante. Una fachada no era solo una composición visual; podía revelar una época, una técnica, una intención simbólica o una relación con el contexto. Una planta no era únicamente una distribución; podía expresar formas de habitar, jerarquías espaciales, decisiones funcionales o modos de organizar la vida cotidiana.

 

De esta manera, la Historia de la Arquitectura dejó de ser una lista de estilos y comenzó a convertirse en una lectura crítica del entorno construido.

 

Imagen generada con IA.


 

 

Líneas de tiempo analíticas: relacionar antes que ordenar

Asimismo, para articular lo histórico con la comprensión de los procesos en el tiempo, se incorporaron líneas de tiempo analíticas construidas por los propios estudiantes. Esta estrategia permitió diferenciar entre ordenar información y comprender relaciones.

 

Una línea cronológica convencional ubica hechos, obras o autores en una secuencia temporal. Esto puede ser útil, pero no necesariamente garantiza comprensión. En cambio, una línea de tiempo analítica exige interpretar: relacionar acontecimientos, reconocer continuidades, identificar rupturas, vincular transformaciones arquitectónicas con procesos sociales, culturales, económicos o tecnológicos.

 

En este punto, la estrategia resultó especialmente valiosa. Los estudiantes comenzaron a entender que la arquitectura no aparece como una sucesión aislada de estilos independientes. Por el contrario, cada obra, tendencia o lenguaje arquitectónico se inscribe en un contexto más amplio. La forma construida dialoga con su tiempo, pero también con las condiciones materiales, simbólicas y sociales que la hacen posible.

 

Por consiguiente, las líneas de tiempo dejaron de ser un recurso visual decorativo y se convirtieron en instrumentos de análisis. Les permitieron a los estudiantes pasar del dato suelto a la relación significativa, y de la acumulación de información a la interpretación crítica.

 

Imagen generada con IA.

 

 

Hacer visible el pensamiento

Ahora bien, la evidencia del pensamiento crítico no siempre aparece de manera inmediata ni espectacular. Muchas veces se manifiesta en pequeños desplazamientos: en el estudiante que deja de describir y comienza a argumentar; en quien incorpora el contexto para explicar una forma; en quien cuestiona un referente en lugar de admirarlo sin más; en quien reconoce que una obra arquitectónica también expresa relaciones de poder, cultura, técnica y sociedad.

 

Estos avances se hicieron visibles en los productos académicos desarrollados a lo largo del módulo. Las primeras entregas tendían a ser más descriptivas, centradas en enumerar características o repetir información consultada. Sin embargo, hacia el final del proceso, algunos trabajos empezaron a incorporar juicios fundamentados, relaciones entre variables y una mayor conciencia de la dimensión social de la arquitectura.

 

De igual forma, la participación oral también mostró cambios. Al principio, varios estudiantes intervenían con inseguridad o buscaban confirmar si su respuesta era “la correcta”. Con el tiempo, sus intervenciones fueron ganando precisión, autonomía y disposición al debate. No todos avanzaron al mismo ritmo, pero el proceso permitió abrir un camino hacia una participación más argumentada.

 

Perkins (2010) sostiene que enseñar a pensar implica hacer visible el pensamiento. Desde esta perspectiva, los instructivos de trabajo, las preguntas orientadoras, las rúbricas de evaluación y los espacios de retroalimentación no fueron simples requisitos administrativos. Funcionaron como mediaciones pedagógicas para que los estudiantes comprendieran cómo se construye una interpretación y cómo puede mejorarse.

 

Imagen generada con IA.

 

 

Evaluar para orientar, no solo para calificar

En consecuencia, la evaluación también tuvo que pensarse de manera coherente con el propósito del curso. Si se buscaba fortalecer pensamiento crítico, no bastaba con calificar la cantidad de datos incluidos en una entrega. Era necesario observar la calidad de las relaciones, la pertinencia de los argumentos, el uso de evidencias y la capacidad de interpretar la arquitectura más allá de la apariencia formal.

 

Esto exigió que los instrumentos de evaluación fueran claros. El estudiante necesitaba saber que no se esperaba únicamente una descripción de edificios, sino una lectura argumentada. También necesitaba comprender que el error no era necesariamente un fracaso, sino una oportunidad para precisar la mirada, mejorar la argumentación y revisar sus propios supuestos.

 

Desde la pedagogía universitaria, esta decisión resulta clave. La evaluación no debería limitarse a medir el resultado final; también debe orientar el proceso. Cuando una rúbrica, una retroalimentación o una pregunta ayudan al estudiante a comprender cómo mejorar, la evaluación deja de ser solo una calificación y se convierte en una experiencia de aprendizaje.

 

Imagen generada con IA.

 

 

Enseñar historia para formar criterio

Finalmente, enseñar Historia de la Arquitectura en los primeros módulos no debería limitarse a introducir al estudiante en un repertorio de obras, autores, fechas y estilos. Ese conocimiento es necesario, pero resulta insuficiente si no se acompaña de una formación de la mirada.

 

La historia puede enseñar al estudiante a comprender que la arquitectura no surge de manera aislada. Cada obra responde a condiciones concretas, expresa valores de una época, transforma modos de habitar y deja huellas en la vida social. Por eso, estudiar historia no es mirar el pasado como algo distante, sino aprender a interpretar el presente con mayor profundidad.

 

En la formación del arquitecto, esta comprensión es fundamental. Un estudiante que aprende a mirar históricamente también aprende a proyectar con mayor responsabilidad. Comprende que sus decisiones no son neutras, que cada espacio comunica una postura y que todo proyecto se inscribe en una realidad social, cultural y territorial.

 

Enseñar a pensar, entonces, no es agregar una actividad más al curso. Es asumir que la educación superior debe formar profesionales capaces de preguntar, argumentar, relacionar y decidir con criterio. En arquitectura, esta tarea resulta especialmente urgente, porque quienes diseñan espacios también participan en la construcción de formas de vida.

 

La pregunta final no es solo qué tanto recuerdan los estudiantes sobre la Historia de la Arquitectura. La pregunta más importante es: ¿qué tipo de mirada estamos formando en quienes tendrán la responsabilidad de pensar y transformar el espacio que habitamos?

 

Imagen generada con IA.


 

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

 

Biggs, J., & Tang, C. (2011). TEACHING FOR QUALITY LEARNING AT UNIVERSITY (4.ª ED.). McGraw-Hill.

 

Brookfield, S. D. (2012). TEACHING FOR CRITICAL THINKING: TOOLS AND TECHNIQUES TO HELP STUDENTS QUESTION THEIR ASSUMPTIONS. Jossey-Bass.

 

Facione, P. A. (2015). CRITICAL THINKING: WHAT IT IS AND WHY IT COUNTS. INSIGHT ASSESSMENT.

 

Freire, P. (2005). PEDAGOGÍA DEL OPRIMIDO (2.ª ED.). Siglo XXI Editores.

 

Perkins, D. (2010). MAKING LEARNING WHOLE: HOW SEVEN PRINCIPLES OF TEACHING CAN TRANSFORM EDUCATION. Jossey-Bass.

 

 

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